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Un fantasma llamado Celiaquismo

Cereales como el trigo, avena, centeno y aun la cebada, así como sus derivados, son parte fundamental de la dieta de muchas personas. Sin embargo para otros resultan veneno puro.

La mínima ingesta de alimentos contaminados con sus harinas puede ocasionarles diarreas y vómitos hasta de un mes, problemas en la piel y trastornos cerebrales, entre otras manifestaciones del celiaquismo, una rara enfermedad de la que en México se sabe muy poco.

Lo grave es que la padece alrededor de un millón de mexicanos, el 1% de la población, de acuerdo con estimaciones hechas por especialistas del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición (INCMN), de la Secretaría de Salud.

Para los especialistas el tema se va convirtiendo en un problema de salud pública y se mueve entre varios ejes: desidia, soledad, desconocimiento y apatía de los actores implicados.

La comunidad médica no está preparada para enfrentar esta enfermedad, para la Secretaría de Salud no es un tema relevante en su agenda y en el Congreso de la Unión desconocen la importancia de que se legisle sobre la etiquetación de alimentos con gluten, proteína básica de los cuatro cereales proscritos para los enfermos. Esa extraña enfermedad La celiaquía o celiaquismo, también llamada “sprue tropical” o “intolerancia al gluten” es una patología genética que afecta particularmente al intestino.

Se manifiesta generalmente en la niñez, pero los adultos no están exentos de padecerla y es dos veces más frecuente en mujeres que en hombres. Abortos recurrentes están asociados también a este mal.

El celiaquismo daña las vellosidades que absorben los nutrientes y los alimentos se desechan en ocasiones enteros, tal cual son ingeridos.

“El intestino es como una toalla con muchos vellitos o una raíz que absorbe y la enfermedad ocasiona que esos vellitos o esas raíces se pierdan. En consecuencia hay restos de alimentos completos en las evacuaciones”, revela a la Agencia de noticias EL UNIVERSAL el doctor Eduardo Cerda Contreras, del Departamento de Gastroenterología del INCMN y uno de los escasos especialistas del tema en el país.

De acuerdo a su gravedad, los celiacos se dividen en tres grupos: asintomáticos (portadores que no desarrollan la enfermedad en sus manifestaciones comunes);clásicos, los quesufren de diarreas crónicas -que van de 15 días a un mes- y los celiacos refractarios.

Estos últimos representan aproximadamente 2% del total de enfermos y son un dolor de cabeza para la ciencia. Retienen los nutrientes gracias a un tratamiento de por vida a base de cortisona y esteroides, y pueden llegar a morir deshidratados en cuestión de horas.

Oscar Hernández, de 50 años de edad, es uno de ellos. La vida se le va literalmente en el cuidado que pone en su dieta.

“Me puedo comer un taco de guisado y por el gluten que le ponen a la salsa al otro día me estoy muriendo (…). He llegado al hospital en estado de shock en muchas ocasiones. Un médico me dijo: un día el corazón no te va a responder. Te puedes quedar allí si no te cuidas”, comenta.

En los casos extremos, el celiaquismo degenera en linfomas intestinales, un tipo de cáncer de lo más agresivo. Es irreversible, no tiene cura, pero sí una forma de sobrellevarlo que implica renunciar a casi toda expresión de vida social y a buscar un psicólogo de cabecera. Caminar en las sombras Sin ocultar la realidad del problema, el doctor Eduardo Cerda brinda una conclusión lapidaria:

“La comunidad médica (en México) no está preparada para enfrentar esta enfermedad. Se pensaba que era poco frecuente y no se le daba la importancia que merecía. Los argentinos y los españoles son los que más estudios han hecho, aquí apenas estamos en pañales”, señala.

A las dificultades del diagnóstico -ya que el celiaquismo suele confundirse con diversos trastornos-, se suma la indisciplina de algunos pacientes para seguir religiosamente una dieta, la improvisación de los galenos al recetar a sus pacientes y la falta de interés del Congreso para apoyar su causa.

María Teresa Rull, de 46 años de edad, sufre de una complicación de la piel llamada ‘dermatitis herpetiforme’, que nadie supo precisar, excepto otro celiaco.

“Por ética no te puedo decir el nombre (del médico), pero quedé muy decepcionada. Gasté cuatro o cinco años en antibióticos para enfermedades de la piel que no me sirvieron de nada, más las consultas”, reprocha.

Otros enfermos, como Óscar Hernández, al visitar hospitales públicos como el ISSSTE, terminan por decirle a los “especialistas” lo que deben de hacer para no complicar aún más su estado clínico, ya que tienen un mayor conocimiento sobre el tema que los propios médicos.

Los estándares internacionales establecen que un producto debe contener un máximo de 200 ppm (partes por millón) de gluten para considerarse apto para celiacos. Por ley, la porción debe incluirse en las etiquetas. No hacerlo representa un delito, lo mismo que falsear las cantidades.

En México se intentó copiar esa medida en la legislatura pasada, a petición de un grupo de enfermos, pero quedó sólo en el intento. El asunto no está considerado entre las prioridades de los legisladores y permanece en fase de “recopilación” de datos, de acuerdo con Ernesto Saro, presidente de la Comisión de Salud en el Senado.

Se le aclaró que en el país no hay estadísticas precisas, pero los médicos estiman que uno de cada cien mexicanos la padece.

Ah caray, ¡pues sí es alto!

La respuesta del senador no es un lapsus. Sintetiza la realidad de los enfermos en México; caminar a tientas y hacer el trabajo de otros.

EL UNIVERSAL

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